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“Me encanta estar solo, pero le temo a la soledad”

El capitán del Racing campeón asegura que el título conseguido la temporada pasada fue el “más importante” de su carrera. Habla de su pasado y también palpita lo que se viene.

Foto: Constanza Niscovolos
Foto: Constanza Niscovolos

La secuencia se la imaginaron todos quienes alguna vez soñaron con jugar al fútbol de manera profesional. El protagonista del sueño viste la camiseta de su club amado y enfrenta al clásico rival de visitante, ante una multitud, en un duelo crucial del campeonato. Un detalle más: el actor principal lleva la cinta de capitán en su brazo izquierdo. La escena transcurre en el último minuto del partido y el soñador corre a campo abierto con la pelota dominada, elude al arquero y le queda el arco vacío. Solo tiene que empujar la pelota y festejar; solo le resta recibir los flashes de los fotógrafos, los insultos de los hinchas locales y la veneración de los suyos que miran desde las pantallas de TV.

Ese sueño recurrente entre tantos argentinos y tantas argentinas le sucedió a Lisandro López en el estadio Libertadores de América, el 23 de febrero de 2019. Pero Licha, al que sus compañeros le dicen el Viejo, y el mismo que no se ofende si lo tildan de perro verde, decidió dar el pase atrás y brindarle el privilegio a Matías Zaracho. ¿Alguien imagina a Cristiano Ronaldo cediendo la pelota para un compañero en el Camp Nou ante Barcelona? ¿Y qué harían Messi, Agüero, Higuaín, Luis Suárez, Salah, Pratto, Tevez, Benedetto, Cvitanich, Blandi y todos los delanteros del mundo que viven del gol? ¿O incluso qué hubiese hecho el mismísimo Zaracho?

“Dentro de la cancha se resuelve en pocos segundos y cada jugada es particular. Cuando eludí a Campaña pude girar la cabeza y ver que venía Matías acompañando la jugada. Me salió dar el pase porque estaba en una mejor posición”, le dice con simpleza Lisandro López a Clarín.

-¿Hay espacio para el ego en una jugada así? ¿Un jugador puede pensar esta la hago yo y salgo en la tapa de todos los diarios?

-Sin dudas que hay lugar para eso. Y no está mal, eh. Es probable que algún futbolista busque la consagración personal en esa situación: ganando 2-1 y con el tiempo cumplido. Tenía claro que el partido estaba ganado y que no cambiaba nada si hacíamos o no el gol, pero me salió dar el pase. Particularmente, no puedo pensar en el contexto o en el ego cuando juego y por eso da la sensación de que me transformo dentro de la cancha: doy una imagen de insoportable, de calentón. Son 95 minutos que estoy metido en el objetivo de ayudar al equipo para ganar y me olvido de que hay cámaras y 50 mil tipos en la cancha alentando o insultando.

Ese triunfo frente a Independiente en la fecha 20 de la Superliga marcó un quiebre en el campeonato, en los hinchas y en el grupo. Sus compañeros entraron al vestuario y todos unidos cantaron “que de la mano de Licha López todos la vuelta vamos a dar”. Es decir: de la mano de un compañero, de un par. El repaso mental no encuentra alguna situación similar en ningún lugar del mundo, más bien es un mimo reservado a los entrenadores.

“Esa fue una boludez del vestuario que no tendría que haber salido a la luz. Era parte de la intimidad”, se apura a decir Licha. Y completa: “Uno arrancó con la joda y se sumaron los demás. Creo que fue un poco el premio de la última corrida, que nadie se la esperaba. Jamás me había pasado una cosa así ni tampoco me había tocado vivirla. Fue lindo, emocionante. Pero repito: fue una broma y algo que no debía hacerse público. Las cosas del vestuario deben morir ahí.

-¿Te sentís uno de los jugadores más respetados del fútbol argentino?

-No sé si tanto, pero me siento un tipo respetado en el ambiente del fútbol, especialmente entre colegas. Y me gusta que así sea porque trato de ser igual de respetuoso. Los más rebeldes dentro de la cancha suelen ser los más chicos, que te putean, que te cargan y tratan de sacarte con chicanas. Son cosas normales y hasta por momentos divertidas.

-¿La temporada que pasó fue la mejor de tu carrera?

-Por el contexto, creo que sí. Me agarró una parte con 35 años y otra con 36; ya no soy un pibe. Después de que quedamos afuera de la Copa Libertadores y la Copa Argentina me puse una presión extra. Necesitaba un título con Racing y pensaba que podía ser la última oportunidad. No es fácil jugar con esa carga y el equipo aguantó fecha a fecha. Y en lo personal tuve un buen rendimiento, metí varios goles y ayudé en lo que pude al equipo.

-La eliminación ante River en la Libertadores fue el punto de partida… 

​-Fue durísimo el golpe. Durísimo. Teníamos equipo para más, pero tuvimos un mal día ante el rival que mejor sabe jugar esos partidos. Pero del mazazo más fuerte nació la mejor virtud nuestra: la reacción rápida. A los pocos días le ganamos a Central, quedamos punteros y nunca más nos caímos.

“Ahora tenemos la obligación de salir campeones. Hace casi tres años que estoy y nunca peleamos por un torneo”. Eso dijiste en la conferencia de prensa previa al duelo ante Central.

-La eliminación contra River me dejó vacío, sin fuerzas. Fue el momento más duro desde que volví. Sentí que era mi último semestre en el club y que me iba a ir sin el título que tanto deseaba. Ojo: no pensaba en retirarme sino en salir de Racing porque me daba cuenta de que no podíamos pelear hasta el final. Y mientras pensaba todo eso sabía que tenía que dar la cara y bajar un mensaje como referente. Nos reinventamos y nos focalizamos en el objetivo de la Superliga. La racha cambió pronto y fue un volver a empezar.

-En todas las entrevistas que diste afirmaste que no tenés ninguna camiseta en tu casa, ni tuya ni de compañeros ni de rivales. ¿La del campeonato quedó?

-Sí, me quedé con la que tiene el número 18 en la espalda, la que usamos para festejar. En mi casa no hay museo, trofeos o fotos: la única camiseta que tengo es la de Racing campeón. Fue y será el título más especial de todos los que gané. Las del partido las regalé. Siempre digo que no necesito guardar nada porque todo lo que viví lo llevo en mi cabeza y mi corazón. Pero bueno, esta de Racing me la quedé…

Dice Lisandro López que llegó a ser jugador profesional por insistente. Existe una historia detrás de la aseveración. Licha realizó cerca de 15 pruebas en distintos clubes y nunca quedó. Rebotó dos veces en Vélez y otras dos en Lanús. Tampoco tuvo suerte en San Lorenzo, Boca, Newell’s y Central. La última frustración sucedió en el Granate. Tenía 17 años y estaba a meses de terminar la secundaria. Fueron 3 días de lluvia en los que jugó apenas unos minutos. Miguel Angel Micó era el coordinador de las Inferiores. No pasó.

“Cuando volvíamos a Obligado dije basta, ya está. Además de la amargura, venir a Capital era toda una movida porque mi viejo tenía que pedir días en el trabajo y se gastaba mucha guita nafta y peajes. Me anoté en la facultad de Ciencias Económicas en Junín ya con la idea de empezar a estudiar. Justo en ese tiempo jugamos los Torneos Bonaerenses con un equipo de amigos representando a Rojas: perdimos la final contra Lanús. Ahí me vio Micó y me dijo de ir a Lanús. Estoy seguro de que no se acordaba de mí. Le dije que terminaba el secundario y viajaba. El pasó a Racing y me dio la opción de elegir. Por suerte me decidí por Avellaneda”, rememora el capitán académico.

-¿Por qué no superaste ninguna de las pruebas?

-Me sentía un extraño cada vez que venía probarme. Me hacían jugar con chicos que no conocía, éramos miles, te ponían pocos minutos, no te miraban. Además, antes de empezar te preguntaban por tu representante. Yo ni conocía la palabra. “¿Qué es un representante”, me decía. Quedaba como un nabo.

-¿Cómo fueron los primeros días en Racing?

-Lindos. Todo era nuevo para mí. Pasé de entrenar mal dos días a la semana a todos los días y con alta intensidad; empecé a comer más sano. En el pueblo lo más liviano que comía era un guiso de lentejas al mediodía. Me costó un poco, pero me adapté rápido. Y tuve la suerte de debutar y no salir más.

-¿Qué queda en este Lisandro de aquel joven?

-Creo que bastante. Me siguen gustando y molestando las mismas cosas, aunque ahora estoy un poco más relajado por la edad. Sigo siendo el mismo impaciente de siempre, salvo cuando voy a pescar, que puedo estar 6 horas quieto y sin hablar con nadie, esperando que pique la punta de la caña.

-En esto de estar más relajado, también hablas de otras cuestiones, como el temor a la soledad.

-A veces la charla te va llevando y no me gusta decir de eso no hablo. En una nota dije que le temía más a la soledad que a cualquier otra cosa y es verdad. Me encanta estar solo, pero le temo a la soledad. Parece contradictorio. En mi casa puedo estar solo un día entero y no me aburro. Puedo hacer mil cosas o nada y pasarla bien. Soy casero, leo, arreglo cosas de la casa, boludeo. Pero eso es una circunstancia, una elección. Le temo mucho a no tener alguien al lado para compartir un momento de alegría o de tristeza. Porque así como me gusta estar solo, también me encanta tomar mates con mi novia, juntarme con amigos o estar con mi familia.

-¿Ahora te permitís hablar de tu noviazgo?

-Ahí ya no. Jamás me van escuchar decir una palabra de mi vida privada. No me interesa mostrar esa parte de mi vida, ni explicar nada. Hace 3 años que estoy al lado de ella y siempre fue así.

Es el final de la nota. Licha acepta el pedido de la fotógrafa de Clarín y sale a la calle para la producción de fotos. Sonríe el capitán académico sobre el Pasaje Corbatta. Lleva una boina oscura al estilo Peaky Blinders. “No me molesta que me pregunten nada. Lo que no quiero, no lo contesto y listo”, aclara. Los flashes se multiplican. “Sacame una sin la boina también, que después llego a mi casa y me retan”, suelta en tono de broma Lisandro López, en definitiva, un tipo normal, común, corriente.

 

Por Maximiliano Uria para Diario Clarín

 

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