El primer grande
Bhagavad - Gita


Un arco temporal

Por Hernán Casciari (escritor e hincha de Racing).

El último día de agosto viajamos al Centenario para ver empatar a Uruguay y Argentina por las eliminatorias de Rusia. Viajamos con Pipa, nuestra hija de cuatro meses, pero la dejamos al cuidado de la abuela, en un hotel de Montevideo, para ir a la cancha. Era nuestra primera salida solos desde el nacimiento. Nos parecía rarísimo ir de la mano a alguna parte sin un cochecito de bebé.

El partido terminó sin goles y pudo haber sido una noche aburrida, pero cuando llegamos al estadio me vino a la memoria la fecha histórica. Fue de repente, como si una wikipedia racinguista trabajara en segundo plano adentro de mi cabeza. Sorprendido, se lo comenté a Julieta:

—Mirá qué casualidad —le dije—, estamos en el Centenario casi cincuenta años después.

Julieta, que es más fanática que yo, no necesitó más datos para entender la referencia. Abrió grandes los ojos y después trató de identificar cuál de los dos era el arco.

—¿Habrá sido en este, o en aquel? —me preguntó.

Yo no sabía la respuesta pero deduje, por la posición de las cámaras, que el gol fue en el arco de Avenida Italia.

—En aquel —señalé, con una seguridad falsa.

Y entonces ocurrió un quiebre en el espacio-tiempo. Julieta y yo enfocamos las tres maderas de hace medio siglo, mientras la pelota de las eliminatorias rebotaba en otra parte. Durante diez segundos, o más, sesenta mil personas miraron para un lado y nosotros para el otro.

Julieta recordó que el primer gol que vio en su vida fue aquel, porque su padre lo tenía grabado en VHS y se lo ponía a cada rato; y a mí me vino a la cabeza una tarde negra del descenso, que pasaban ese gol por la tele y mi viejo, angustiado, dijo: «Tenemos tanta mala suerte que un día va a pegar en el travesaño».

Fue raro estar tan cerca de aquel arco, porque ni Julieta ni yo habíamos nacido el cuatro de noviembre del sesenta y siete. Nuestros padres (que nunca se conocieron) gritaron aquel gol sabiendo que era histórico y después, con el tiempo, nos empezaron a contar la leyenda.

Ni mi papá ni mi suegro tenían hijos esa noche, cuando el Chango Cárdenas le hizo el gol al Celtic desde afuera del área. Muchas veces pensé que fue esa noche cuando mi papá decidió que quería tener un hijo.

Es más: tras aquel partido, todos los varones sin hijos hinchas de Racing empezaron a fantasear con que un día nacerían sus hijos. Y una vez que nacimos  —cada cual por su lado, cada cual en su época— nos empezaron a hablar de ese gol.

Cincuenta años después, dos de esos hijos estábamos ahí, en la tribuna, mirando el arco embobados. Como si de repente se nos hubiera cruzado por la calle una carabela de Colón. Como si viéramos, en el cajón de la cocina, el facón de Martín Fierro. Mirábamos boquiabiertos un pedazo de la historia, y al mismo tiempo nos parecía oír las voces paternas:

«No sabés lo que fue el colectivo de vuelta, nene».

«Hija, qué manera de festejar, fue una locura».

Al final, Uruguay empató con Argentina en un partido gris, pero no fue una noche sin gracia. Con Julieta volvimos al hotel contentos, como si hubiéramos pasado un rato en otro mundo. Al llegar a la habitación, nuestra hija de cuatro meses no se había dormido. Nos acercamos y la besamos. No me acuerdo si fue Julieta o yo (seguramente ella) la que le dijo al oído:

«Amor, hoy vimos otra vez el gol del Chango».

Crédito de imagen: Isaías Sánchez Saavedra (@lichajavierr)

Fuente: RacingClub

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