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¡Gracias, Lisandro!

El capitán de nuestros días más felices dejó a su Racing querido.

Lisandro López marcó 75 goles en 213 partidos con la camiseta de Racing. Quedó en el 15° lugar de la tabla de goleadores históricos del club.

Te entiendo. Aunque no lo creas, te entiendo. La vida no es rosada y hay momentos que brillas, y otros te encandila tu propia oscuridad. Y a pesar de que te entiendo, cuesta soltarte. Pero me acuerdo de esos primeros partidos en los que eras un pibito que buscaba la gloria. Cuando te vi, junto a miles de hinchas más, descocerla durante todo un torneo para poder ser el goleador. 

Y todavía me acuerdo de ese Clausura 2005, donde nos ilusionaste, donde te ilusionaste. Lamentablemente, no pudo ser. Vos y el Cholo. El Cholo y vos. Los estandartes de ese equipo que comandaba Rivarola. Y me acuerdo cómo hiciste delirar al Cilindro, con esa cachetada sobre la medialuna del arco que da a la Avenida Mitre, para sentenciar el clásico barrial y que te trepes a los carteles publicitarios, donde abajo había centenares de hinchas esperándote para abrazarte.  

Pero más me acuerdo de ser un purrete de 11, 12 años, que todavía jugaba al baby fútbol y, cada vez que hacía un gol, te copiaba el festejo. Desde los bailes con la Gata y Mariano, hasta el clásico de Curly Howard, de los Tres Chiflados. Sí, Lisandro. Fuiste mi héroe de la infancia.  

Y llegó el momento del primer adiós. Te fuiste a Europa, la rompiste toda en Portugal y a nosotros nos llenabas el alma. Porque era lo único bueno por lo que se mencionaba a Racing en aquellos tiempos. Llegó el paso a Francia y la seguiste rompiendo. En Champions, en el torneo local, ganando campeonatos, siendo protagonista. Queríamos tu regreso, pero no se daba. Todavía tenías cuerda para más.  

Cuando te alejaste de Lyon, nos volvimos a ilusionar. Creíamos que era el momento de verte regresar al club de tus amores. A pesar de que nunca te gustó jugar al fútbol y que siempre dijiste que te gustaría estar lejos del mismo por todo el ambiente que lo rodea. Una escala por Qatar y otra en Porto Alegre antes de que llegue ese maravilloso 4 de enero de 2016, donde fuiste presentado como nuevo refuerzo de la Academia y empezabas tu segundo ciclo en el club que te vio nacer.  

Hiciste la pretemporada con tus nuevos compañeros, donde te encontraste con el Príncipe y el Chino. Detrás de ellos, empezaste a tomar el legado que te transmitían, aunque ya sabías lo que era ponerse esta camiseta. Sin embargo, calladito como siempre y con tu humildad, seguiste el camino. Ahora bien, ¡qué manera de volver a las redes! Creo que es el día de hoy en que no tomás dimensión de la locura que hiciste. Entraste en el complemento del clásico barrial, jugando de visitante y con el partido igualado en cero. Ellos abrieron el marcador y desataron una fiesta de humo rojo. Pero se olvidaron de tu presencia. 

Un delicioso centro de Óscar Romero llegó al punto del penal para que vos, sí vos Lisandro, inventes una chilena y enmudezcas a todo el Libertadores de América. ¡Dejate de joder, no podías tener un mejor regreso! 

Ese fue el primer gol que metiste desde que volviste de tu expedición en otras tierras. Y vinieron más gritos, más abrazos. Por la Sudamericana, por la Libertadores, por el torneo local. De cabeza, con la derecha, con la izquierda, de arremetida, con picardía, con inteligencia. La historia que continuó detrás de esos goles ya la conocemos: 17 gritos sagrados para que en la Superliga 2018/19 puedas cumplir tu sueño. Ese mismo que metiste en tu bolso cuando saliste de Rafael Obligado y te metiste en Racing. Y como si fuera poco, meses después volviste a gritar campeón en Mar del Plata. 

No te fuiste del club de la manera en que te merecías. Lastimosamente, hay una pandemia de por medio que impide la presencia del público y nos privó de verte en el césped del Cilindro. En ese estadio al que vos catalogaste como el “más lindo”, a pesar de que estuviste en algunos recintos más grandes, mejor pintados o con otra estética. Racing, Lisandro, siempre va a ser tu casa. Siempre vamos a recordarte y nadie será capaz de matarte en nuestra alma. 

¡Adiós, vaquero! ¡Adiós, capitán! Será un hasta luego. Acá te vamos a seguir esperando, el tiempo que sea para que vuelvas a gritar campeón con la Academia. 

Por: Julián Mazzara

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